¿Qué se siente durante una tortura de cosquillas?
¿Cómo describirías las cosquillas a alguien que no sabe lo que son? Ya es una pregunta bastante difícil, si a la ecuación le añades el factor de explicar qué significan y cómo te hacen sentir a alguien que no tiene un fetiche por ellas. A todo esto, además, hemos de añadirle el ingrediente de que soy una persona extremadamente sensible a las cosquillas. Siempre he pensado que si no tuviera este fetiche, las odiaría. Cualquier persona con mi nivel de sensibilidad detestaría las cosquillas, y ahí viene el primer factor a tener en cuenta: la contradicción.
En mi vida cotidiana, el tener un fetiche por las cosquillas se entrelaza con situaciones como el hecho de que mi cuerpo se ponga en alerta cada vez que alguien acerca una mano a mi cintura, aunque sólo sea para dejarla ahí, posada de forma inocente.
Lo mismo me sucede al sentir el mero contacto de un cuerpo extraño en la planta de los pies. Temblores involuntarios, pataditas y risas nerviosas. En la consulta del médico siempre fue imposible palpar mi barriga con normalidad. Los besos en el cuello de mis parejas siempre me han provocado carcajadas de lo más ridículas. ¿Las axilas? Imposible acercarse a ellas sin que haya reacción. Y lo mismo ocurre en partes de mi cuerpo más atípicas como ingles, muslos, rodillas o espalda.
Lo mismo me sucede al sentir el mero contacto de un cuerpo extraño en la planta de los pies. Temblores involuntarios, pataditas y risas nerviosas. En la consulta del médico siempre fue imposible palpar mi barriga con normalidad. Los besos en el cuello de mis parejas siempre me han provocado carcajadas de lo más ridículas. ¿Las axilas? Imposible acercarse a ellas sin que haya reacción. Y lo mismo ocurre en partes de mi cuerpo más atípicas como ingles, muslos, rodillas o espalda.
Afortunadamente, esto suele dar lugar a situaciones generalmente divertidas, que siempre supusieron una mezcla de vergüenza, rubor y algo más, algo extraño que fui logrando entender a medida que iba creciendo.
Durante años disfruté principalmente de hacer cosquillas y es algo que continúo disfrutando a día de hoy. La risa femenina se convirtió en mi genero musical favorito. Pero de ser yo la víctima empecé a disfrutarlo más tarde. No lo descubrí de golpe, pues sabía que me excitaba cuando en los juegos de cosquillas con mis parejas y ligues era yo el que las sufría, lo que pasa es que un buen día mi cuerpo quiso más.
Y ahí es cuando de pronto, un día te encuentras tumbado boca arriba, desnudo y con las manos y pies inmovilizados. El primer síntoma es que el corazón se te desboca hasta tal punto que crees que te va a salir disparado. Luego, las yemas de unos dedos traviesos empiezan a acariciar tu piel, apenas rozándola, y la sensación es completamente electrizante. Tu cuerpo trata de huir, tu cerebro manda impulsos a tu sistema nervioso para que tus músculos se defiendan, pero todo es inútil. Los dedos recorren tu piel indefensa, acarician tus costados mega sensibles e insisten en la zona, provocando una desesperación creciente que hace que tu cuerpo se retuerza y que de tu garganta salga una carcajada mezclada con un gemido suplicante.
"Joder, no sabía que tenía tantísimas cosquillas", piensas, pero los dedos de tu victimaria se posan en tu barriga y comienzan a jugar con el vello que hay alrededor de tu ombligo. Tú abdomen se contrae tratando inútilmente de huir del contacto, pero es imposible, y es esa vulnerabilidad la que te hace entrar en una mezcla de pánico y placer. Necesitas cubrirte, desprenderte de tus ataduras y hacer que pare esa tortura que estás experimentando, pero esa imposibilidad de hacerlo es lo que te vuelve loco de excitación. Ahora tu risa se vuelve aguda y un poco ridícula, lo que te hace sentir cierta vergüenza, pero hay algo que te excita todavía más: las reacciones de la sádica que te está torturando. Su risa malévola, su expresión de sorpresa cada vez que tu cuerpo reacciona de forma violenta a apenas un roce en una zona ultra sensible.
Ver a alguien disfrutar de tu sufrimiento es algo catártico.
Ver a alguien disfrutar de tu sufrimiento es algo catártico.
Esos dedos implacables revuelven ahora el vello de tus axilas y la sensación es como tener cientos de patitas recorriendo la zona. Estiras y te retuerces, pero la sensación se mantiene. Ahora, más que reír, profieres alaridos. Cualquiera diría que te están matando. Es insoportable, pero no quieres que acabe nunca.
Ahora llegan los pies, las manos de tu torturadora los agarran y sus incansables deditos empiezan a recorrer tus plantas, dedos, empeines y talones. Tus piernas tiemblan, tus pies tratan de huir de los dedos sádicos que los acarician, pero una vez más, es imposible. Descubres que tienes una zona extremadamente sensible bajo los dedos de los pies y otra a los lados de los empeines. Son como descargas eléctricas. Una tortura con todas las letras.
¿Qué podría ir peor a estas alturas? Pues puede, cuando tu torturadora descubre lo sensible que tienes la cara interna de los muslos y las ingles. El roce de las yemas de sus dedos te provoca violentos espasmos y gemidos roncos que se pierden en carcajadas de absoluta desesperación. Acabas de perder la poca dignidad que te quedaba. Te empiezas a plantear la idea de rendirte, pero el suplicio es tan placentero que aguantas, a pesar de que ya no eres más que un amasijo de risas y movimientos erráticos.
Y cuando por fin crees que vas a decir basta, tu atacante te da una pequeña tregua, pero muy pequeña, porque en seguida empieza a recorrer tu abdomen con sus labios. El roce de la boca en tu piel, su pelo cayendo sobre tu pecho y el aliento cálido que sale de sus nariz te provocan unas cosquillas distintas a las de antes pero igualmente intensas. Las carcajadas te salen a chorros de la garganta, mientras sus labios suben y bajan por tu barriga, tu pecho y tus costados. De pronto, el calor húmedo de una lengua deja un rastro de saliva por la curva de tu cintura hasta tu cadera y el gemido que sueltas precede el inevitable final que se avecina, pero que tratas de retrasar.
Sus manos se posan en tu cintura, tú te pones tenso, pero contienes la respiración y cierras los ojos. Sus labios trazan formas bajo tu ombligo, cerca del pubis, hasta que por fin se llevan tu pene a la boca. Estás tan excitado que crees que no aguantarás, pero lo haces, porque no quieres que este momento termine jamás. Pero las manos que descansaban en tu cintura vuelven a acariciar tus costados con sus dedos como diez plumas sin piedad y la sensación hace que finalmente explotes en un orgasmo intensísimo que se mezcla con los movimientos espasmódicos de tu cuerpo tratando de huir de las cosquillas.
Y os diré una cosa: no hay nada más delicioso que seguir siendo torturado un ratito más después de haberte corrido.
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